Poco a poco el se fue convirtiendo en el enemigo, poco a poco ella se iba alejando de quién quería ser y aceptaba ciegamente los pedazos de quién era, se había creído todas esas historias rancias, inutiles y dementes que habitaban en sus quien sabe cuantas heridas. Y es que ella sentía que perdía identidad en cada beso, en cada caricia, en cada mirada transparente, tenía miedo y se aferraba ciegamente a las historias pasadas de víctima, de insuficiencia, de una falsa "fortaleza", de la búsqueda exterior de "amor propio", de sufrimiento...
Él, cuando volteó a verla, el pudo ver qué ya no significaba nada más allá que el enemigo, blanco perfecto para recomenzar el renuente y exhaustivo ciclo. El, sin chistar, aceptó el papel que le habían otorgado, no por martir, si no por amor, sin sacrificio ni pena, quizá así, cuando ella se viera en el espejo, dejaría de verse como su propia enemiga.