domingo, 12 de julio de 2020

Historias de media noche y una cerveza

Una noche de abril ella volvió, y con ella cierta brisa que pasa por dónde antes había cabello, con cierta tonada redundante que el tiempo lograr estirar en mi memoria y dejando cierta sonrisa que hacía mucho no percibía en el espejo.
Ella volvió en medio de una tormenta, quizá no del todo, quizá solo por instantes, pero volvió y mis dedos decidieron no callar más. Cómo cigarras emergieron para cantar de noche, de día, de tarde, para cantar de júbilo; de tristeza; de rabia; para contar la historia de uno, de dos, de cuatro, de todo aquel que se sume a la encomienda. 
Ella volvió con una cerveza que mis manos entibian conforme se aumenta la apuesta semana tras semana, con sus ojos grandes como platos puestos sobre la estela que los minutos van dejando. 

<<Siempre fuimos anónimos, pero jamás extraños, aunque a veces distantes.>>

Ella volvió como promesa que necesitaba ser cumplida, abriendo brechas que se balancean entre el recuerdo y la imaginación. Con sus muletillas y muecas, pequeños despertares de la humanidad que habita en mi.
Ella simplemente volvió, aunque yo le dije que ya no lo hiciera, ya no más... 

sábado, 11 de julio de 2020

Epílogo de Dostoyevski

Estaba la mitad del pueblo reunido en esa casona, Don Ramón Campero y Campero había fallecido. Él era el hacendado del pueblo, un hombre de carácter despota y pendenciero, continuamente malhumorado, temerario e impulsivo. No era del agrado de muchos, de nadie en realidad, ni de Doña Mónica, su esposa.  Sus continuos abusos hacia la gente que trabajaba para el le ganaron una mala fama no solo en Cháhuac, también en los pueblos vecinos. ¿De que había fallecido? Ah si, casi lo olvido, falleció dormido, al parecer el corazón simplemente se detuvo, no sufrió según cuenta el doctor. Yo apenas tenía 15 años, realmente nunca estuve ahí, quien si estuvo fue mi padre, Jacinto, un "indio" humilde y trabajador, también de carácter fuerte, muy rígido conmigo. A mi me gustaba escabullirme por las tardes a explorar el cerro que vivía tras de nosotros. Eso nunca le gustó a el. A veces él llegaba temprano a la casa y descubría mi ausencia. Cuando yo veía a "Colorín", nuestro burro, amarrado en el patio de la choza ya sabía que venía una buena tunda. 
Mi padre rara vez me dirigía la palabra, simplemente se limitaba a ordenar y regañar, aún así yo sabía que me quería y le obedecía, excepto claro, las veces que me salía de la casa.  Supongo que él extrañaba a mi madre, Josefina, ella murió cuando yo nací. A quién si odiaba era a Don Ramón, varias veces lo encontré refunfuñando su nombre mientras dormia, se movía mucho e incluso buscaba entre sus caderas su pistola, por suerte el arma la dejaba en el retablo que yacía junto a su cama, justo al lado de la única fotografía que tenía de mamá, (un fotógrafo había visitado la hacienda para tomarle fotos a Don Ramón y pues se coló la foto de mamá, pero esa es otra historia). 
Fue ahí en la hacienda de Cháhuac que mis padres se conocieron, el era un peón y ella trabajaba en la cocina. Una vez mi padre me contó cómo se conocieron, el la vio mientras sacaba baldes de agua de la cocina que se había inundado tras una granizada terrible. A partir de ahí quedó prendado, buscaba cualquier pretexto para acercarse a la cocina, ella a veces le sonreía y el en ocasiones le llevaba alguna flor silvestre para que adornara su cabello. Parecía no darse cuenta que me contaba esto por que se quedó dormido mientras lo hacía, ahí, recargado sobre la mesa que teníamos, derramó la botella de aguardiente que se venía tomando desde la tarde. 
Era común verlo borracho, sobretodo en los meses de mayo y agosto, por suerte Colorín siempre supo traerlo a casa. 
Cuando se enteró de la muerte de Don Ramón, rompió en llanto y rabia, yo nunca lo había visto llorar. Con una prisa angustiosa tomó el retrato de mi madre, lo contemplaba mientras le lloraba, balbuceaba que lo perdonará y se llevaba el retrato al pecho, volteando a ver el techo y gritaba. Así fue pues que tomó su pistola y salió presuroso de la casa, se trepó en el noble Colorín y fue al velorio de Don Ramón. Imagino que quería asegurarse que estuviera bien muerto, como dije, siempre le tuvo rabia. 
Llegó al velorio en la hacienda, se quedó observando a lo lejos, el no era bienvenido ahí y lo sabía, quien sabe que asuntos se traían mi papá y Don Ramón. Al ver qué era cierto, que aquél hombre tan odiado por muchos había fallecido, volvió a agarrar al Colorín, se trepó y salió de ahí. 
Cómo era costumbre volvió a tomar, después de un rato bebiéndose el mar, se quedó tumbado a un costado de un camino cerca de nuestra casa. Qué solo se ha de haber sentido, llevaba tanto llorando que las lágrimas y la saliva ya no salían. Reaccionó reacio contra la lluvia que empezaba a caer y con el último gramo de conciencia que le quedaba y las toneladas de enojo que le sobraban decidió disparar al cielo, ¿Por que? No lo sé, quizá pensó que ahí se encontraba Don Ramón. Cayó dormido sobre el buen Colorín que se disponía a llevarlo a casa. 
Yo... yo pues había ido al cerro de nuevo a pensar en todo esto que les cuento y un poco más. Con las primeras gotas de lluvia que comenzaron a caer decidí volver a casa, iba corriendo y bajando por la ladera de aquel cerro, de repente sentí una gota que cayó más duro que las demás, justo en medio de mi cabeza, todo se puso blanco....


A veces todavía me gusta rondar por la casa para ver a mi viejo y abrazarlo, yo sé que eso lo reconforta, aunque no me vea. Al menos nunca más volvió a tomar desde ese día y a pesar de que no tenía ninguna fotografía mía, puso un mechón de cabello mío de cuando era niño junto al retrato de mi madre... 

sábado, 4 de julio de 2020

Te escucho en silencios, pero te oyes tan fuerte, eres un fantasma que deambula por la casa, eres las mil y un palabras que nos dijimos en una noche y que desaparecieron con el amanecer, sigues allá y me cuesta tanto olvidarte, por lo que sigues aquí, descubrimos que la distancia no se mide en besos, contradictorios fueron nuestros pensamientos del corazón y ya ves, que hicimos?, dijimos cosas sin querer, sin pensar y nos dijimos adiós, diablos! como te quería...
Mi lugar olvidado... Entre polvo y oscuridad, viven ellos, en una hoja de papel, en mi afilado lapiz y mi mano entumecida...
Nunca volví a escribir en ese cuaderno verde y rayado, desperdigando palabras, perdiéndome en sus significados y encontrando formas nunca antes vistas... Explorando cada fibra del papel descubrí castillos flotantes de cristal, dragones con los cuales pelear y doncellas que rescatar...
Mi lápiz... si, mi lápiz afilado, era mi espada de grafito, noble y fiel a mi imaginación, dibujando o inventando palabras cuando el diccionario no bastaba y como olvidar aquél corcel negro hecho de ollin y humo, como olvidar tales aventuras de un niño de doce años, como recordarlas ahora con más de treinta. La lluvia solo era un perfectopretexto para salir a mojarse y revolcarse en el lodo o imaginar ciudades enteras en las ventanas empañadas... Simplemente la vida era más interesante en ese entonces, más pragmática en realidad y hoy, hoy te vi de nuevo... Después de tantos años... Y debo confesar que se me sigue antojando jugar, como lo hacíamos antes de ayer, a la botellita, contigo, otra vez.