Mi padre rara vez me dirigía la palabra, simplemente se limitaba a ordenar y regañar, aún así yo sabía que me quería y le obedecía, excepto claro, las veces que me salía de la casa. Supongo que él extrañaba a mi madre, Josefina, ella murió cuando yo nací. A quién si odiaba era a Don Ramón, varias veces lo encontré refunfuñando su nombre mientras dormia, se movía mucho e incluso buscaba entre sus caderas su pistola, por suerte el arma la dejaba en el retablo que yacía junto a su cama, justo al lado de la única fotografía que tenía de mamá, (un fotógrafo había visitado la hacienda para tomarle fotos a Don Ramón y pues se coló la foto de mamá, pero esa es otra historia).
Fue ahí en la hacienda de Cháhuac que mis padres se conocieron, el era un peón y ella trabajaba en la cocina. Una vez mi padre me contó cómo se conocieron, el la vio mientras sacaba baldes de agua de la cocina que se había inundado tras una granizada terrible. A partir de ahí quedó prendado, buscaba cualquier pretexto para acercarse a la cocina, ella a veces le sonreía y el en ocasiones le llevaba alguna flor silvestre para que adornara su cabello. Parecía no darse cuenta que me contaba esto por que se quedó dormido mientras lo hacía, ahí, recargado sobre la mesa que teníamos, derramó la botella de aguardiente que se venía tomando desde la tarde.
Era común verlo borracho, sobretodo en los meses de mayo y agosto, por suerte Colorín siempre supo traerlo a casa.
Cuando se enteró de la muerte de Don Ramón, rompió en llanto y rabia, yo nunca lo había visto llorar. Con una prisa angustiosa tomó el retrato de mi madre, lo contemplaba mientras le lloraba, balbuceaba que lo perdonará y se llevaba el retrato al pecho, volteando a ver el techo y gritaba. Así fue pues que tomó su pistola y salió presuroso de la casa, se trepó en el noble Colorín y fue al velorio de Don Ramón. Imagino que quería asegurarse que estuviera bien muerto, como dije, siempre le tuvo rabia.
Llegó al velorio en la hacienda, se quedó observando a lo lejos, el no era bienvenido ahí y lo sabía, quien sabe que asuntos se traían mi papá y Don Ramón. Al ver qué era cierto, que aquél hombre tan odiado por muchos había fallecido, volvió a agarrar al Colorín, se trepó y salió de ahí.
Cómo era costumbre volvió a tomar, después de un rato bebiéndose el mar, se quedó tumbado a un costado de un camino cerca de nuestra casa. Qué solo se ha de haber sentido, llevaba tanto llorando que las lágrimas y la saliva ya no salían. Reaccionó reacio contra la lluvia que empezaba a caer y con el último gramo de conciencia que le quedaba y las toneladas de enojo que le sobraban decidió disparar al cielo, ¿Por que? No lo sé, quizá pensó que ahí se encontraba Don Ramón. Cayó dormido sobre el buen Colorín que se disponía a llevarlo a casa.
Yo... yo pues había ido al cerro de nuevo a pensar en todo esto que les cuento y un poco más. Con las primeras gotas de lluvia que comenzaron a caer decidí volver a casa, iba corriendo y bajando por la ladera de aquel cerro, de repente sentí una gota que cayó más duro que las demás, justo en medio de mi cabeza, todo se puso blanco....
A veces todavía me gusta rondar por la casa para ver a mi viejo y abrazarlo, yo sé que eso lo reconforta, aunque no me vea. Al menos nunca más volvió a tomar desde ese día y a pesar de que no tenía ninguna fotografía mía, puso un mechón de cabello mío de cuando era niño junto al retrato de mi madre...
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